La ruta del Okavango - Diario de un viaje

Miguel F. Martín  [Editorial Atlantis – Madrid, noviembre 2007] Género Narrativa de Viajes

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Prólogo de la Obra

A veces los lugares se valoran por lo que suscitan y no por lo que son, por lo que se siente y no sólo por lo que se contempla. Al final, ese es el verdadero viaje, el viaje hacia el corazón humano.

Hoy en día es muy difícil explorar una región que no haya sido visitada con anterioridad y más aún relatar una aventura que resulte insólita o sorprendente. El tiempo de los grandes acontecimientos geográficos resta en el pasado envuelto en la oscura magia de los hombres que desafiaron el instinto de supervivencia allí donde nadie había pisado. Tuvieron esa oportunidad y crecieron con la ilusión y el empeño de desvelar los misterios que se ocultaban en la naturaleza. Ese espíritu sigue existiendo, yo lo tengo y muchos otros también, pero las posibilidades han mermado drásticamente para el hombre actual. Hoy, el descubrimiento y el acto posterior que lo materializa, como una experiencia única a difundir, se aleja de nuestras posibilidades más inmediatas y nos aboca a otras formas de relación con el medio más personales y a nivel de expresión,  quizá más literarias o prácticas y menos inusuales o majestuosas. El mundo a gran escala ya es un lugar conocido, con más o menos profundidad y abierto a los ojos de todos aquellos interesados en seguir los pasos de sus descubridores.

Además, la creciente avalancha mediática nos sumerge en un continuo devenir de historias y hechos que delatan lo más insólito del planeta y todo aquello que ocurre o existe en los lugares más apartados de nuestra realidad. El misterio se diluye aparentemente, pero se muestra, si vamos, oculto en la propia experiencia. ¿Dónde está pues el verdadero viaje que nos queda, la aventura que nos atrapará en el lugar más irreal e inverosímil de la tierra? El único universo inexplorado, el único lugar virgen a nuestro entendimiento y al de los demás es el propio universo, el individual, aquel al que nadie llegará jamás si no es a partir del único explorador que posee. Y esa es mi aventura y la razón de este libro.

La ruta, una clásica del sur de África, transcurre por paisajes sorprendentes, descritos con el toque de subjetividad que todo autor imprime. Sus páginas no son un invento, soy yo mismo, con sinceridad y despojado de todo. Es un pasaje de la vida de una persona viajera, de las cosas que fluyen por su mente o por su alma, el lugar al que viaja su espíritu cuando lo saca de casa y lo lleva lejos de lo que conoce, el que se enreda en todas las sensaciones ajenas y aprende algo nuevo a cada minuto, el que reflexiona sobre el lugar que habita y lo compara con el lugar al que va, el que sueña despierto y se disocia, un poco aquí y otro poco allá.

La Ruta del Okavango, la obra que tienes en las manos, relata ese viaje paralelo que fluye en el espacio personal, esos momentos de intimidad que brillan en los ojos de quien cruza paisajes bucólicos en silencio, atado a sus propias sensaciones, ocultas e indescifrables, a veces, incluso por el mismo protagonista que las sustenta. Contradicciones, inseguridades, revelaciones, reflexiones, relatividad, sentimientos propios y comunes a muchos, pasan a la velocidad del rayo a cada paso dado, a cada pausa prolongada, a cada momento de soledad voluntaria, para dejar constancia de ese vórtice interior que se desata cuando la vida se abre ante nosotros mostrando todas sus caras. Lo humano es su protagonista, que emana de todas las fuentes que la belleza del camino pone en nuestras manos.

Las guías especializadas ya se encargan, objetivamente, de describir cada rincón de los países visitados. Yo sólo relato el país que llevo dentro o el que se formó, paso a paso, en mi persona, gracias a los 26 días de aquel verano en el que deambule por África. Una pequeña historia, que si bien es propia, no deja de pertenecer al espíritu común de mucha gente. Un diario que creció con el tiempo y con los recuerdos pero que restaba escrito dentro de mí desde siempre.

Miguel F. Martín

Epílogo de la Obra

El lugar que buscas no existe, porque en realidad no es un lugar, es una persona: tu mismo.

ÚLTIMAS PALABRAS EN LA DISTANCIA – FIN DEL DIARIO

Crear para vivir, para soñar, para imaginar que todo aquello cuanto soy no habita sólo en mí, en mis reclusiones solitarias, o en los rincones por los que baga mi mente buscando indicios que me ayuden a expresar un sentimiento o una idea. Crear para gritar a los cuatro vientos que hasta una sola voz, quizá pequeña y olvidada puede susurrar en la individualidad de cada uno y recordar, con una u otra palabra, que los sueños son como los paisajes, en los que puedes contemplar su belleza desde lejos o caminar hacia ellos hasta meterte dentro.

Tantas veces he dudado, tantas veces he dejado pasar el tiempo agazapado en la indecisión y en el miedo al abandono de la seguridad conocida, que casi pierdo el norte de mí ímpetu natural a vivir nuevas experiencias, a recluir en la distancia la parte de la vida que  se alimenta de la monotonía o de la nostalgia. Todos esos momentos, que surgen con la debilidad derivada de no utilizar la negación frente a lo que no deseamos, se adueñan de una buena parte de nuestras circunstancias, hasta el extremo de hacer desaparecer de nuestra mente la posibilidad del cambio, la opción a creer que aquello que anhelamos es viable. Cada vez que vuelvo de una ruta imagino un nuevo entorno, una nueva aventura futura a la que empiezo a viajar mucho antes de comprar los billetes y por muy absurda y distante que parezca, un día, tarde o temprano, me descubro allí, paseando por el sueño que tuve.

Creo que es el conocimiento de la propia existencia la que nos hace ser infelices. Saber que existes reafirma la individualidad y por ende se es consciente del aislamiento que va asociado. Caminamos solos por la vida, cada uno dentro de si mismo. Integrarse en la extensa orbe que nos rodea, saber que todo aquello que observas no está tan lejos de aquello que piensas o sientes, de lo que en realidad eres, es un punto de partida interesante para volver de nuevo al principio, a ese lugar donde confluyen todos los universos posibles. Recoger algo de cada espacio es reunir en un solo ser, la percepción global de la propia vida. Seguiremos siendo uno, pero el mundo que vemos fuera también lo llevaremos dentro.

Hace tiempo que volví de África pero no he dejado de viajar a otros lugares remotos, en otros continentes. También he crecido con las emociones que se hallaban escondidas aquí o allá y que han aflorado con la imperturbable necesidad de ser encontradas. He seguido releyendo “El principito”, conversando con las estrellas y deambulando por los horizontes más cercanos. He buscando amaneceres y ocasos sobre las sendas húmedas por el rocío o las secas huellas que ha vaciado el sol de la tarde. He hundido la nieve bajo mis pasos en los ariscos inviernos de estos años y admirado las formas sinuosas y extrañas de los hielos más antiguos. Las rocas han seguido siendo parte de mi existencia, pero también los árboles, los ríos, los lagos, las arenas y el mar, las praderas y la luna. Siempre lo estable, lo que perdura o se repite con la misma belleza, lo que no se olvida si uno no quiere, lo que no te decepciona ni limita, lo que te permite ser tu mismo, con tus virtudes y miserias, aquello que nos hace ser iguales, tengas lo que tengas y donde lo más valorado nace del interior de cada uno.

Volví de África y en los silencios más acusados, en la soledad de los días más tristes y oscuros, en los humos dilatados de los coches o las fábricas, en los ojos de todas las miradas que pasean por la urbanita ciudad, en el rojo de un paraguas, el azul de una fuente, el amarillo de un cartel o el cobrizo de un reflejo perdido en el escaparate de algún edificio, he creído ver las nieblas de sus costas, las arenas lejanas del Namib, los niños de Seronga, los colores de sus olvidadas tierras, el tiempo lento y pausado de sus sombras, el sol y los delicados filamentos de la hierba de sus sabanas, las acacias, los baobabs, las aguas de sus venas fluviales… y lo he hecho de la única forma posible, a través de esa puerta que se abrió a un continente, mirando en el paisaje que sigue creciendo en mi interior, el universo singular y único en el que habito.

Miguel F. Martín

 

 

 

 

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